Investigación artística situada en Colombia que aborda el tiempo, la paz y los futuros como preguntas compartidas en la vida cotidiana de la diáspora colombiana.
Un año entre el 2125 y el 2250 | Migración 2020 | Edad 36 | Reside en Canadá
Un año entre el 2125 y el 2250. Habremos dejado de oír hablar de camionetas negras que llegan en la noche. De limpieza social. De desaparecidos. De soldados malos escondidos en los bosques. De torres de energía tumbadas. De pescas milagrosas. De charlas y postulados comunistas. De helicópteros que no aterrizan. De soldados que bajan en cuerda. De calibres de armas. De minas antipersonas artesanales. De emboscadas. De minas de oro impresionantes. De vetas de oro más grandes que una persona. De prostitución. De presencia de grupos armados. De tiroteos. De alerta urbana. De atracos con revólveres.
No soy optimista con el futuro. Puede aparecer otro conflicto, pero el camino hacia la paz sí se habrá empezado antes. Con menos polarización. Con menos amenaza mutua. Con más conversación. Con más dignidad cotidiana. Con recuperación del territorio. Con barrios donde se pueda caminar. Con chuzos famosos con filas interminables para comer. Con carreteras donde uno pueda parar tranquilo. Tomar un aguapanela. Comer una arepa de chócolo. Hablar de política en familia. Sin ofenderse. Sin romper relaciones. Sin el berraco clasismo. Sin racismo. Sin desconfianza estructural. Sin desigualdad material. Sin humillación social.
También imagino campesinos produciendo. Con tecnología avanzada. Con acceso a mercado. La desaceleración del daño. La reconstrucción de la confianza, del tejido social. La paz será desmontar la sospecha permanente. La sospecha de que el otro quiere dañarlo a uno; una de las peores herencias.
Se recordará para no repetir. Se aprenderá de los errores. Se tomarán fragmentos de memoria. Se construirá algo distinto. No se vivirá a la defensiva. Se podrá disentir.
Allá por el siglo veintidós habrá silencios otros. Otras vergüenzas. Otras historias familiares que no se cuentan. Otros estigmas. Otros pactos silenciosos. Otras masculinidades. Otras frustraciones. Otros miedos acumulados. Otras heridas que no borrará la migración.
Nos tuvimos que ir muy rápido. Vendimos lo que pudimos en dos semanas. La gata se quedó. La despedida fue corta. Miami. En inmigración dijimos que íbamos a Disney. Era mentira, pero era necesario. El Greyhound. Un one-way ticket. Iba sola. Mucho miedo. La carretera interminable. Louisville. Detroit. El tránsito. Las caras desconocidas. El cansancio. Windsor. Cruzar la frontera. Freedom House. Un cuarto propio. Champú nuevo. Una biblioteca. Parece pequeño. Pero ahí uno entiende que la dignidad también puede ser algo muy concreto. Una cama. Una ducha. Un lugar tranquilo. London. Londombia. Empezar otra vida. Uno se va del país, pero el país no se va de uno.
En el año 2060 amaré y odiaré Colombia. Será una relación muy ambivalente. Admiración y rabia. Orgullo y vergüenza. Nostalgia y cansancio. Ruidos. Extrañamiento. Y, al mismo tiempo, añoraré la calidez humana. La hospitalidad. La risa fácil. El pandebono caliente. La sorpresa bienvenida. La innovación infinita. Lo que nunca se resuelve del todo.
La violencia me habrá enseñado cosas. El cuerpo que aprende a protegerse. Sospechar. Callar. Filtrar. Resistir. Cuidar. A leer el ambiente. A medir las palabras. A mirar primero quién está en la sala.
El protocolo de las niñas que se tiran al piso por si hay balacera. Los escoltas. Los simulacros. Las bombas en la ciudad. Las historias que se oyen todos los días. Uno crece con eso. Con esa tensión. Con ese pesar. La seguridad se vuelve una capa. Algo que el cuerpo lleva encima. El sonido que activa la memoria. Un estruendo. Una sirena. Un ruido fuerte. Y el cuerpo que reacciona antes de pensar. Ojalá.
La diáspora tiene sus códigos. La gente se reconoce, pero no habla. Es una forma de cuidarse. Hablar demasiado puede exponer. Entonces uno calla. Es una complicidad silenciosa porque igual uno entiende. La gente se escanea. ¿En qué barrio vivías? ¿En qué colegio estudiaste? Ahí ya saben. Uno entiende rápido cómo funciona. Hay cosas que no se dicen. Cada quien carga su historia. Y uno aprende a convivir con eso.
2070 | Migración 2013 | Edad 33 | Reside en Finlandia
Año 2070. No llegará de golpe. Será una acumulación lenta de pequeños gestos que empezaron a quedarse. Como si algo se hubiera asentado en el fondo del aire.
Encarnaré una mezcla. La indígena por parte de mi madre. La española por parte de mi padre. Años de historia y colonización en mi cuerpo. Una mezcla que cargaré todavía sin saber exactamente cómo se formó.
Habré crecido católica. Colegio femenino. Oraciones repetidas. Con los años aparecerá la palabra espiritualidad. Los rituales volverán. Los de la familia. La mesa. La tierra que tiembla. La respiración contenida.
El país. La política. El ecosistema. La familia. Todo junto. El gesto de buscar algo que lo contenga. Encender una vela. Decir una palabra en silencio. Sentarse alrededor de una mesa. Repetir gestos que recuerdan que no estamos solo.
Y entonces, el frío. El silencio. La distancia entre las personas. La forma de expresar emociones. Vivir entre dos lugares. Dos formas de ver, entender y sentir el mundo. Habrá momentos donde todo será demasiado.
La humildad seguirá siendo importante. Aceptar lo que uno es sin tratar de sobrepasar al otro. Una forma sencilla de estar en el mundo. Invocaremos algo más grande.
Abuela. Madre. Hija. El tiempo se quedará sentado en la misma habitación. La mano en el agua. Un patio. Ladrillo. Plantas creciendo donde alguien decidió cuidar. Nada espectacular. Alguien riega. Alguien poda. Alguien deja que crezca. Eso también será ritual. No se nombrará. Se sostendrá.
Año 2070. Las mandíbulas dejarán de apretarse. Los hombros bajaran apenas. La respiración se alargará sin que uno lo note. El cuerpo dejará de escanear constantemente el entorno. Un ruido será solo eso. Un ruido. Se caminará sin calcular cada movimiento. Caminar por la calle no tendrá ese pequeño ajuste constante. El paso será solo paso. Sin tanta lectura. El cuerpo no habrá olvidado. Solo habrá dejado de tensarse todo el tiempo.
Espacios que antes eran evitados, se atravesarán. La noche habrá cambiado su densidad. El silencio no será tan sospechoso. Habrá sonidos que ya no anticipen nada. Habrá cambiado la forma de escuchar. Y también la capacidad de pensar más allá del día siguiente. Una continuidad mínima.
Se hablará un poco más. Se interrumpirá un poco menos. Se escuchará sin preparar una respuesta inmediata. Se tolerará la diferencia sin activarse automáticamente.
Persistirá el clasismo. Persistirá el racismo. Persistirá la desconfianza. No desparecerá. Pero, comeremos sin prisa, dormiremos sin sobresaltos, abriremos puertas sin calcular, esperaremos sin miedo, volveremos a casa sin tensión. La respiración marcada. La cadencia lenta. Habrá espacios de silencio implícitos. Sin optimismo naíf. Sin cinismo total.
Habrá bajado el volumen de algo que sigue sonando. No habrá desaparecido. No se habrá apagado. Pero se cambiará cómo se vive. Tropiezo. Incomodidad. Torpeza. Con contradicción. Momentos que deberían ser simples no lo serán del todo. No todo encajará, pero tampoco se romperá. Ritmo. Respiración. Pequeñas repeticiones. Lentamente.
No todo encajará. Pero tampoco se romperá. Habrá una disminución de la tensión. Un umbral que se repite. No dejará de haber conflicto. Pero se habrá desintensificado. El pasado no desaparecerá. Pero será habitable. No se habrá resuelto todo. Pero se permitirá continuar.
El cuerpo recordará las marchas por los desaparecidos. Familias caminando. Fotos sostenidas en las manos. El cuerpo avanzando despacio entre la multitud. Voces viajando por el aire en la noche. Mensajes para alguien que no puede responder. Familias escuchando la radio en silencio. Esperando que esas palabras lleguen a algún lugar. El cuerpo recordará que alguna vez caminó en alerta. Pero esa memoria ya no guiará los pasos.
2035 | Migración 2009 | Edad 47 | Reside en Austria
Año 2035, un hombre con traje volará una cometa. Dos niños. El campo estará seco. La cometa será roja. El cielo estará vacío. Será una disciplina suave, una responsabilidad ligera. El viento, el disponible. La cometa será el futuro y el hilo en la mano, lo que lo sostiene. Dependerá de la tensión correcta. Un equilibrio dinámico bajo el pleno sol.
Colombia para mí siempre ha sido como una mamá. La mamá grande. La mamá gigante. Generosa. Pero que está jodida; que tiene una situación económica jodida y no te puede tener en casa. Para mi eso es Colombia.
Necesitaremos un trabajo organizado. Una acción conjunta. El agua redirigida. Campo. Cooperación visible, sensible, hermana. Horizonte abierto. Un trabajo espectacular de geometría y coordinación.
Tensión. Línea. Hilo. Cometa. Canal. Tela. Sombra protectora que respira. Filtro de luz.
Más allá del 2100 | Migración 1996 | Edad 56 | Reside en Austria
Más allá del 2100. Tras una hecatombe global vendrá un sancocho que no terminará de hervir. Habrá que aprender a cocinarlo distinto. No será progreso. Será después.
Tierra rasgada. Carcomida. Martillada. Cimentada. Extractivismo. Esa palabra: extractivismo. El río contaminado que todo lo contamina. Ismos. Racismo. Clasismo. Derechos humanos dependiendo de quién seas. ¿Cómo se le llamará a eso? Eso será violencia también.
Sin fronteras a las tres de la mañana. Todos los niños pueden ir al colegio. Tienen algo que comer y un lugar donde dormir. No hay niñas embarazadas de once años. No hay sicarios.
La palabra mestizo nunca me ha gustado.
Alguien mirando la esquina sin saber si es castigo o ensayo de silencio. O solo cemento.
Año futuro 2045 | Migración 2021 | Edad 26 | Reside en Austria
Año 2045. Un año optimista. Una “chispita”. Hablar con mi abuelo sin que se rompa un plato, sin levantarnos de la mesa. Caminar por el monte sin tener miedo. Escuchar un ruido y pensar que es un animal. Los colombianos estamos acostumbrados al fracaso. Vértice.
Futuro en condicional. La condición de las vacunas, de los anuncios de desaparecidos, de la canción triste. Las celebraciones de la muerte. Euforias que no tienen sentido. Un presente extendido.
No he perdido la alerta después de cuatro años. Si veo una sombra, una figura, me alerto. Que deje de revolverme las tripas. Soltar la espalda. La conversación que no se rompe. El transporte que no invade. Una Colombia que deja de señalar y juzgar.
Ruido descendente. Un cobijo. Tomates. Lechugas. Sol pleno. Aguacates gigantes. Dormir con las ventanas abiertas sin cálculo. Micro células. Paz pequeña. Sentir que hay unos ojos que lo ven a uno, y lo cuidan, y ojalá me sigan cuidando entonces.
Año futuro 2036 | Migración 2002 | Edad 47 | Reside en España
Año 2036. Mi mamá irá a la iglesia. Pedirá bienestar para todos. Pedirá abundancia. Será un acto fantástico porque somos seres fantásticos, y será un privilegio poder vivir esa fuerza.
El silencio de Gaitán. Las bombas en Bogotá. Cuando era pequeña estaban poniendo muchas bombas en Bogotá. En el colegio había compañeros a quienes les secuestraron familiares. Eso me permeaba. Uno crece oyendo historias todos los días y uno aprende a convivir con esa tensión y ese pesar. La seguridad se vuelve una capa.
Nos fuimos al campo. Nos recuerdo escondidos bajo la cama. Escuchar disparos. “Los muchachos están cerca”. El ejército llega. La guerrilla duerme en el monte. El miedo en la cara de mi madre. El miedo que permanece. El sonido que activa la memoria. La guerra acústica.
Es linda la utopía más allá de la paz. Más allá de la paloma, otros símbolos de paz: la paz de un niño, la paz de un anciano, el abrazo en misa. La señora que hace las arepas, ella es un gesto de paz para mí. “Vayan ustedes en paz”. Los barrios peligrosos, pero con nombres bonitos. La esperanza. Sagrado corazón. Ciudad Jardín. Sosiego. 20 de Julio. La Gloria, la Flora, el Tesoro.
Año futuro 2050 | Migración 2024 | Edad 28 | Reside en Canadá
Año 2050. Suelo pensar con mucha añoranza eventos que no alcancé a vivir, como los trenes que juntaron el país, y los cuales sueño eléctricos. También en bicicletas para toda la gente. De cuando salíamos a la calle sin pensar en que algo le va a ocurrir a uno.
Imagino una carencia de ruido. Arrullos. Currulaos. Salsa y muchas sopas. Pienso en cantautores, músicas que cantan al reconocimiento de las emociones. Una regulación emocional colectiva.
La memoria no será solo cosa de historiadores, ni tampoco solo de cuerpos, sino también de territorios.
Pienso en a quien cogeré de las manos y en que habría justicia si no fuera un país tan racista. La paz no será un acuerdo, será un cambio en el sistema nervioso: bajar la prevención, dejar de reaccionar, confiar, abrazar, escuchar.
Hoy asumo mi culpa. Mi conciencia de clase. Mi memoria observada, mi cuerpo permeado por lo espiritual, lo mágico y lo religioso. Conflicto versus fertilidad. Me siento fértil. Colombia es fértil. La tierra negra y mojada es fértil.
Año futuro 2030 | Migración 2013 | Edad 35 | Reside en Canadá
Año 2030. Un ejercicio pragmático, casi forzado, un horizonte inminente. No una utopía distante. La viviré, espero, pero no es una distancia cómoda. No pienso en siglos. No imagino épicas. Pienso en condiciones materiales cercanas y en mi familia. Tengo una familia muy cálida. El fútbol. La cerveza. El deporte. Reírnos. Comer hasta quedar llenos. Mi preocupación migrante es mi familia. Está todo el tiempo en mi cabeza.
Me preocupa el futuro, sí. Pienso mucho en el cuando tengo mucho tiempo libre. Extraño el amor. Y a Colombia, aunque no la ame todos los días y me sepa a óxido, la echo mucho de menos; me hace falta su calor acogedor y su telenovela diaria que no aburre.
De pequeño salía a echar cigarrillo con los señores de vigilancia. Me quedaba horas hablando y uno escuchaba historias y vivencias. Uno aprendía que eran exguerrilleros. Era como escuchar una película. Luego aprendí a comer callado.
La paz vino con la Constitución de 1991. La que vino después, sinceramente, no me la creí. No cambiaba ni el noticiero ni el paisaje. Una ficción.
Año futuro 2050 | Migración 2013 | Edad 52 | Reside en Canadá
Año 2050. No sé si estaré viva. Puede que esté muy viejita. Ya soy mata de otra tierra. No sé si volveré. La esperanza con Colombia no me dura mucho. Es como un yoyó.
Ser colombiana es una carga pesada. Todo el tiempo me duele Colombia, duele vivir en los extremos. Yo no salí por el conflicto, pero el conflicto me mantiene lejos.
Soñé esa Colombia, pero no sabía cómo sentirla. Ojalá fuera un sistema nervioso regulado, reparado, un centro energético increíble. Los colombianos tendríamos la capacidad de reparar. Y cuando pienso en la paz, pienso en un ritmo. No es la ausencia de conflicto. Es una presencia de comprensión y entendimiento. Un sistema educativo diferente, terapéutico, espiritual, somático. Volver al cuerpo. Revisitar la memoria sin re-traumatizar. El sistema nervioso como núcleo.
Año futuro 2045 | Migración 2023 | Edad 29 | Reside en Canadá
Año 2045. Yo no crecí pensando que iba a vivir viejo. Crecí con la sensación de que no había futuro y que el país estaba siempre a punto de estallar. Lo más duro es que se vuelve normal.
Las soluciones grandes nunca llegaron a los territorios. La violencia no era solo de los grupos armados. Era del Estado también. Y del abandono. Y del clasismo. Bahía Portete no es solo una masacre, es una herida cultural.
Yo nunca creí en la violencia como camino. Nunca. Pero tampoco creo en una paz perfecta. Eso no existe. Prefiero una paz incompleta.
El plebiscito fue muy duro. En mi casa hubo llanto. Hubo vergüenza. Mucho cansancio. Era como decir otra vez no. Después vino el acuerdo. Y un poco de esperanza. Pero se fue diluyendo. No avanzamos, o avanzamos tan lento que no se siente.
Mi esperanza no es grande. Es pequeña. Pero existe. No como euforia, sino como insistencia. No se celebra. Se sostiene. Eso es para mí la paz: algo que se sostiene. Aunque sea frágil, aunque no sea completa, aunque no alcance. Pero que permite vivir sin estar todo el tiempo en alerta. Eso ya sería mucho. Eso ya cambiaría todo. Aunque no suene espectacular. Aunque no sea histórico. Aunque nadie lo nombre.
Año futuro 2075 | Migración 2019 | Edad 32 | Reside en Canadá
Año 2075. Aunque me hubiera gustado que fuera en los años cuarenta del siglo XXI, no creo que haya habido el compromiso necesario. Las desigualdades persistirán. Es difícil pensar una utopía sin desigualdad. Por eso ese año no es una promesa, sino un cálculo posible.
Quiero regresar a Colombia, a la tierra de mi familia. A un lugar donde crece cebolla larga, maíz, frijol, lulo, mora, tomate de árbol. No como idealización, sino como continuidad. Es mi casa y la de mis futuros hijos.
Mi cuerpo recuerda antes que mi cabeza. Me duele el fracaso del proceso de paz. Esperaba mucho más. Viví una paz parcial que se fue diluyendo. No avanzamos. No encuentro esperanza. Mi abuela lloró por el plebiscito. Después sentimos esperanza con los acuerdos y luego tristeza otra vez. Ese vaivén también se hereda.
He normalizado la violencia. Está ahí incluso cuando no ocurre. Quisiera bajar la vigilancia. Caminar sin calcular rutas. Coger la mano de mi marido sin revisar quién mira. Sé que bajar la alerta conllevará generaciones. No es una decisión individual.
La tranquilidad no es euforia. No es celebración ni épica. Es poder quedarse sin sentir que algo está a punto de romperse. Al final no hay un momento definitivo. Solo un punto en el que la gente deja de preguntar si esto es paz.
Año futuro 2044 | Migración 2019 | Edad 36 | Reside en Canadá
Año 2044. Cuando mi hijo sea adulto todo será más verde. La naturaleza habrá retomado el espacio sin pedir permiso y circularemos sin peligro. El lenguaje habrá cambiado antes que las leyes. Sostener la diferencia sin corregirla. Aprender a bajar la alerta.
Mi visión es microscópica. No se puede contentar a todos. No será reconciliación completa, pero sí poder quedarse: un barroco naturalista.
Lloré mucho aquel día. Muy emocionante. Nunca había vivido algo así. Una imagen soñada. Momento único en la historia. Pensé que a la gente de los territorios le cambiaría la vida — era inocente pensarlo. El país no cambia de un día para otro.
Año futuro 2048 | Migración 2022 | Edad 46 | Reside en Canadá
9 de abril de 2048. No es llegada; es añada. Nombra la espera, algo reposando mientras cambia sin saberse qué. No es un acto único, ni un gesto heroico. Es íntimo primero. La cama tibia, la ducha, hacer el amor, la mesa compartida, la respiración coincide un momento, sin dirigir. Un gesto cotidiano no anunciado que permanece.
Escucharse: reto brutal. Silencios largos. Heredados. Pesan más que las palabras y no desaparecen, aunque no se nombren. A veces lo que se oye no viene de una persona concreta sino del espacio entre las personas.
El territorio habla. Insiste. La montaña sosteniendo el aire, el río moviendo la memoria sin fijarse, la tierra mojada adherida a la cáscara de las cosas.